Siéntanse libres de comentar, especular o teorizar acerca de la resolución del caso o de la belleza y/o pericia de sus autores intelectuales.

lunes, 30 de julio de 2012

Pescao Frito Un Crimen - Capítulo 7 - Tatuajes, conjeturas y autobuses coloraos


        -Tatuaje en el pie, tome nota, Antoñete- dije, y miré de nuevo el trozo de papel de cocina transparente que asomaba por su pantalón-. ¿Y sabía algo del que se acaba de hacer en… ejem… ahí en la cinturilla?
            Jessy se puso coloradísima y, en un acto reflejo, se bajó la camiseta para taparse el ombligo.
            -Quizá se lo hizo sin su consentimiento, él lo descubrió y…
-¿Qué dise? ¿Que soy sospechosa?- preguntó alterada la Jessy ante mi insinuación.
            -De momento no podemos descartar ninguna posibilidad, estamos dando los primeros pasos en la investigación. Hasta que no terminemos los interrogatorios y analicemos las pruebas a fondo, la lista de sospechosos está abierta, señorita.




            -Vaya tela, si yo no he hecho na. Me hice un tatu asquí, es verdad. Pero él no ha tenío tiempo de enterarse. El otro día estuvo a punto de coscarse porque casi me pilla enseñándoselo al Rafalito, el Chino, en el barrio. Menos mal que la Pepi, la del quinto, se dio cuenta del percá y lo distrajo mientras yo me tapaba- entornó los ojos, quizá evocando el recuerdo de su padre aún vivo-. Sospechosa yo… ¿Qué va a decí mi mare cuando se entere?¿Y las marías del barrio?
            -Ya que estamos- dije pillándolas al vuelo como un músico de jazz en una jam session del Cambalache-, ¿dónde estaba su madre de usté el día de autos?
            -¿Qué autos ni qué? Si mi mare no tiene ni carné de conducí ni na.
            -Me refiero al día en que se cometió el crimen- aclaré.
            Sollozó y dijo con un hilillo de voz, como un corista el día después del carrusel de coros:
-Mi mare estaba en Chiclana, en el chalé de mi tía Chari, que to los años pasa allí la noche del trofeo pa no tener que ver ni aguantar lo patoso que se pone... snif... ponía mi pare, que siempre la liaba, acababa borracho y metía la pata.
Así que Catalino salía las noches de trofeo con la connivencia de su esposa que, oportunamente, no estaba en Cádiz la noche del asesinato. Miré mi reloj.
            -Ajá, interesante dato- susurré con la expresión que suelo adoptar cuando quiero parecer interesante-. De momento doy por terminado este interrogatorio, otro día hablaremos con su novio Luiti, a ver qué tiene que decirnos.
Nos despedimos, y ella me agradeció, a pesar de que yo no había hecho nada por consolarla respecto a su presunta inocencia, que estuviera tratando de solucionar el posible crimen contra su padre. Nos facilitó el número de su móvil y le dijimos, porque queda muy bien en las películas, eso de “no salga de la ciudad por si tenemos que hacerle más preguntas”. Dicho lo cual la guapa y triste joven se marchó sollozando y nosotros seguimos nuestro camino.
            -¿A dónde vamos ahora?- Preguntó mi compañero Antoñete.
            -Pues vamos a parar aquí mismo, aparcamos la moto y esperamos cinco minutos.
            -Hombre, jefe, yo entiendo que ver correr a la gente cansa, pero no sé, ¿no tenemos bulla? Le recuerdo que nos hemos apostado con el Peláez que íbamos a resolver esto en una semana. Y nos quedan un montón de sospechosos por delante como para quedarnos aquí parados como pasmarotes.
            Miré el reloj y me pasé la pipa por los labios, apagada, naturalmente. El vicio del tabaco era malísimo, pero tenerla en los labios me ayudaba a pensar. Además, formaba parte de lo que me definía visualmente como el astuto y sagaz detective que era. Mucha gente se había reído de eso, pero yo sabía que eso era debido a que no eran nada europeos. Y a mí, como ya he dicho, me ayudaba a abstraerme.
            -Tenga fe, Antoñete, tenga fe- respondí observando que no me había equivocado ni por un segundo en mis cálculos puesto que, a los cinco minutos, paró ante nosotros un autobús turístico rojo de dos plantas de esos que hacen visitas guiadas por la ciudad-. Subamos, Antoñete.
            -¿Pero para qué? Oiga, que una ruta en este bus sale por un pico- replicó mi ayudante nervioso.
            Subí al autobús tirando de mi biógrafo, secuaz y amigo.
-El que algo quiere, algo le cuesta, mi buen Antoñete. No vamos a detenernos por una minucia como esta. Y ya verá, ya. Se va a llevar una sorpresa. 

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