Siéntanse libres de comentar, especular o teorizar acerca de la resolución del caso o de la belleza y/o pericia de sus autores intelectuales.
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domingo, 26 de agosto de 2012

Pescao Frito Un Crimen - Capítulo 14 - En la comisaría


Cuando nos personamos encomisaría la mañana en que había que ganar o perder la apuesta, Antoñete y yo llevábamos más de treinta horas sin dormir. Nos habíamos atiborrado de café y habíamos pasado la última noche dándole vueltas a las pruebas, a los testimonios, poniendo en común nuestras notas. Y, la verdad sea dicha, aún no teníamos nada demasiado claro.
       -Hombre, si es el Hercules Pierrot de La Caleta- dijo el agente Peláez con una sonrisa llena de dientes al vernos entrar en su despacho-. Y el inseparable Doctor Cazón. ¡Qué alegría verles!



            -Buenos días, Peláez- dije sombríamente, haciendo caso omiso de las chanzas. Había apostado llevado por mi orgullo y confiando en mis capacidades deductivas y ahora, llegado el momento, no tenía nada que respaldase mi corazonada del asesinato. Me había ganado las burlas de sobra. Aún quedaba esperar que la providencia me echase un último cable-. Aquí estamos.
            -¿Y bien?- atacó Peláez- ¿Quién mató al muerto, Sherlock?- risillas de los presentes.
            -He de decir que tras el estudio de las pruebas- me aventuré por la única línea que tenía clara-, Catalino Andrade murió ahogado en gazpacho.
            -Jejeje- respondió Peláez-. Eso ya lo sabemos. No ha habido autopsia, pero uno de los médicos ha atestiguado que murió ahogado, dada la disposición del cadáver.
            Ahogado en unos escasos centímetros de gazpacho, pensé, muerte improbable pero posible. 
            -Puede que- continué- el señor Andrade tuviera un amago de infarto, o un ictus, o algo parecío, y acabase con la cabeza dentro del taper, ahogándose irremibi… irresimi… imerrisible… ¡vaya, que no pudo evitarlo!- más risillas; estábamos siendo humillados-.
            -Muy listo, muy listo pero ¿quién tuvo la culpa?- dijo con sorna Peláez.
            -Esteee, pues verá, el caso es que Lorenzo el atleta tuvo la oportunidad, podría haberle golpeado o forzado…pero no tenía móvil ninguno, ni motivos para matar a la víctima. Las guapas madrileñas tenían motivo, porque estaban hasta las narices de que el Catalino las bordeara sin parar, pero no tuvieron oportunidad ni me las imagino yo matando a nadie. La Jessy y su novio Luiti tenían una de las motivaciones más clásicas en casos como estos: el amor imposibilitado por el padre, pero parece que habían llegado a reconciliarse con la víctima. Tripi, el rockero, estaba enfadado porque veía en el muerto un obstáculo de cara a su camino al estrellato, pero estaba tan borracho la noche de autos que habría sido incapaz ni de coger una coñeta aunque la hubiese tenido ante sus narices- dije con el desánimo de un comparsista que no ha pasado a la semifinal del Falla.
            -¿Y esas pruebas que usted y su “ayudante” se llevaron de la escena del “crimen”?- preguntó irónico el agente mirándonos de reojo, como queriendo hurgar con el dedo en la proverbial llaga.
-Pues me temo que las pruebas que recabamos en la escena no arrojan datos de interés. Mi buen amigo Antoñete ha dictaminado que el trozo de pescado que el finado tenía en su regazo era, sin duda alguna, cazón en adobo normal del de toda la vida, sin rastro de ningún veneno ni nada extraño. La piedra era una piedra normal y no fue usada para golpearle porque no tiene rastros de sangre ni nada parecido. El rastrillo es un rastrillo normal y salvo hacer tropezar al testigo que descubrió el cadáver no tiene nada de especial.
-El gazpacho tampoco estaba envenenado-añadió Antoñete mirando al suelo.
-Cierto, el gazpacho no estaba envenenado tampoco- repetí yo desanimado-, y los interrogatorios, como ya le decía antes… en fin. El tipo, al parecer, era lo que podríamos denominar un sieso, así que todos tenían motivos para odiarlo en mayor o menor medida, pero nadie parece poder ser culpable. Quien tuvo oportunidad no tenía móvil, quien aparentemente tenía móvil no tuvo oportunidad, y si alguien tuvo ambas cosas no tuvo arma del crimen ni motivación clara.
-Claaaro, claaaro, o sea, que ninguna pista dice nada, no hay ningún indicio ni ninguna prueba que concrete nada, ¿no, Señor “Detective”?- entrecomilló Peláez con los dedos.
-Pues tiene usté razón, me parece- dije avergonzado como un niño con malas notas.
-O sea- continuó el agente Peláez con tono satisfecho- que usté ha fracasado. Como siempre.
Sentí cómo se me encendía una luz en pleno cerebelo.
-Como siempre… como siempre- esas palabras se repetían en mi cabeza, como un popurrí cansino- como siempre…¡espere, ya lo tengo!
-¿Y ahora qué?- Peláez se puso tenso.
-¡Tenía yo razón! ¡Ha sido un asesinato! ¡Y ahora mismo le explicaré el quién y el cómo!- sonreí triunfal ante la sorpresa de todos. Y he de reconocer que el primer sorprendido fui yo mismo

lunes, 30 de julio de 2012

Pescao Frito Un Crimen - Capítulo 7 - Tatuajes, conjeturas y autobuses coloraos


        -Tatuaje en el pie, tome nota, Antoñete- dije, y miré de nuevo el trozo de papel de cocina transparente que asomaba por su pantalón-. ¿Y sabía algo del que se acaba de hacer en… ejem… ahí en la cinturilla?
            Jessy se puso coloradísima y, en un acto reflejo, se bajó la camiseta para taparse el ombligo.
            -Quizá se lo hizo sin su consentimiento, él lo descubrió y…
-¿Qué dise? ¿Que soy sospechosa?- preguntó alterada la Jessy ante mi insinuación.
            -De momento no podemos descartar ninguna posibilidad, estamos dando los primeros pasos en la investigación. Hasta que no terminemos los interrogatorios y analicemos las pruebas a fondo, la lista de sospechosos está abierta, señorita.




            -Vaya tela, si yo no he hecho na. Me hice un tatu asquí, es verdad. Pero él no ha tenío tiempo de enterarse. El otro día estuvo a punto de coscarse porque casi me pilla enseñándoselo al Rafalito, el Chino, en el barrio. Menos mal que la Pepi, la del quinto, se dio cuenta del percá y lo distrajo mientras yo me tapaba- entornó los ojos, quizá evocando el recuerdo de su padre aún vivo-. Sospechosa yo… ¿Qué va a decí mi mare cuando se entere?¿Y las marías del barrio?
            -Ya que estamos- dije pillándolas al vuelo como un músico de jazz en una jam session del Cambalache-, ¿dónde estaba su madre de usté el día de autos?
            -¿Qué autos ni qué? Si mi mare no tiene ni carné de conducí ni na.
            -Me refiero al día en que se cometió el crimen- aclaré.
            Sollozó y dijo con un hilillo de voz, como un corista el día después del carrusel de coros:
-Mi mare estaba en Chiclana, en el chalé de mi tía Chari, que to los años pasa allí la noche del trofeo pa no tener que ver ni aguantar lo patoso que se pone... snif... ponía mi pare, que siempre la liaba, acababa borracho y metía la pata.
Así que Catalino salía las noches de trofeo con la connivencia de su esposa que, oportunamente, no estaba en Cádiz la noche del asesinato. Miré mi reloj.
            -Ajá, interesante dato- susurré con la expresión que suelo adoptar cuando quiero parecer interesante-. De momento doy por terminado este interrogatorio, otro día hablaremos con su novio Luiti, a ver qué tiene que decirnos.
Nos despedimos, y ella me agradeció, a pesar de que yo no había hecho nada por consolarla respecto a su presunta inocencia, que estuviera tratando de solucionar el posible crimen contra su padre. Nos facilitó el número de su móvil y le dijimos, porque queda muy bien en las películas, eso de “no salga de la ciudad por si tenemos que hacerle más preguntas”. Dicho lo cual la guapa y triste joven se marchó sollozando y nosotros seguimos nuestro camino.
            -¿A dónde vamos ahora?- Preguntó mi compañero Antoñete.
            -Pues vamos a parar aquí mismo, aparcamos la moto y esperamos cinco minutos.
            -Hombre, jefe, yo entiendo que ver correr a la gente cansa, pero no sé, ¿no tenemos bulla? Le recuerdo que nos hemos apostado con el Peláez que íbamos a resolver esto en una semana. Y nos quedan un montón de sospechosos por delante como para quedarnos aquí parados como pasmarotes.
            Miré el reloj y me pasé la pipa por los labios, apagada, naturalmente. El vicio del tabaco era malísimo, pero tenerla en los labios me ayudaba a pensar. Además, formaba parte de lo que me definía visualmente como el astuto y sagaz detective que era. Mucha gente se había reído de eso, pero yo sabía que eso era debido a que no eran nada europeos. Y a mí, como ya he dicho, me ayudaba a abstraerme.
            -Tenga fe, Antoñete, tenga fe- respondí observando que no me había equivocado ni por un segundo en mis cálculos puesto que, a los cinco minutos, paró ante nosotros un autobús turístico rojo de dos plantas de esos que hacen visitas guiadas por la ciudad-. Subamos, Antoñete.
            -¿Pero para qué? Oiga, que una ruta en este bus sale por un pico- replicó mi ayudante nervioso.
            Subí al autobús tirando de mi biógrafo, secuaz y amigo.
-El que algo quiere, algo le cuesta, mi buen Antoñete. No vamos a detenernos por una minucia como esta. Y ya verá, ya. Se va a llevar una sorpresa. 

Pescao Frito Un Crimen - Capítulo 6 - La Jessy



La hija del difunto Catalino Andrade, la tal Jessy, me aceptó un refresquito en el bar El Pescailla, allí mismito, al lado de la playa. Cuando se repuso un poco comenzó a hablar, sin necesidad de preguntarle nada. Así daba gusto.
            -Yo es que no me fío un pelo der madero ese que lleva er caso- dijo-. Y ustedes dijístei que era un asesinato- comenzó a llorar. 



            -Antoñete, pásele un pañuelo a la chiquilla, hombre de dios.
            -Jefe, es que yo el moquero lo tengo hecho un cisco, que a mí con la alergia…
            -No pasa na- atajó la joven, cogiendo una servilleta del dispensador y dejándole un de nada verde al Gracias por su visita-. Ira. No me extrañaría que a mi pare se lo hubieran quitao denmedio. Es mu suyo- se paró en seco-. Era. Era mu suyo.
            -Me hago cargo, señorita. Le acompaño en el sentimiento- dije.
            -Grasia. Mire, no le vi a engañá. No se llevaba bien con nadie. Era un malage con tol mundo, asín que yo creo que enemigos tenía a puñaos, ¿entiende?
            -¿Un malage?
            -Jí. Un malage de cuidao. Siempre se estaba quejando por to. No estaba contento con na. A tor mundo le disía las cosa a caraperro. Una ve fuimo al aguasherry y se peleó con un nota disfrasao de derfín porque disía que qué porquería era el tobogán ese… ¿tobogán? ¡Tobogán un crimen! Y to porque se había raspao un poquito er codo al bajá. Y er nota disfrasao no tenía na que vé, pero cuando se ponía asín…
            -Entiendo. ¿Y con usted? ¿Se llevaba mal también?
            -Conmigo con la que peó se llevaba- dijo, y soltó una risa nerviosa-. Yo era la niña de sus ojo, ¿sabe? Pero despué nunca quiso similá que mabía hecho adurta. Me quería controlá la vida tor tiempo, ¿sabe? Llevaba sin hablá cormigo por lo meno un año, desde que empecé a salí con el Luiti.
            Miré a Antoñete con disimulo. Él señaló una página de su libreta y asintió con la cabeza. Era uno de los nombres de la lista de testigos. El Luiti, el guapete que cantaba carnavales con sus amigos y vino corriendo a ver qué pasaba. Ya decía que se le veía afectado.
            -Desde que empezó usté a salir con el Luiti ¿eh?- pregunté con mi habitual tono sagaz y con los ojos entornados como quien intenta ver una película en 3D sin las gafas.
            -Posí, es que a mi pare no le gustaba na de na el Luiti
            -¿Y por qué?
           -Bueno, disía que no se fiaba de los comparsistas, que son mu ligones y que aprovechan su fama pa estar con una y con otra; disía que me iba a terminá haciendo daño, y que además no quería que después los vesino terminaran hablando de más. Pero amos, que no tenía razón, que eran pamplinas suyas. El Luiti es mu güeno y mesquiere una jartá, y me dice unas cosas más bonitas, y me canta unos pasodobles al oído... amos, que me tiene to flipá. Y yo se que toas las niñas piensan que está buenísimo y que se les cae to con él, pero na más que mesquiere a mí- dijo Jessy.
            -Mesquiere a mí...tomo nota- dijo Antoñete mientras escribía rápidamente en su libreta.
      -Comprendo, comprendo, que su progenitor sentía una franca animadversión para con su pretendiente, en definitiva- aseveré echando mano del florido lenguaje que aprendí en mis lecturas.
            -¿Qué dise, joé?- exclamó con la cara de quien intenta comprender un pasodoble de comparsa moderna- No entiendo ni papa de lo que acabas de decí, pero amos, que la cosa es que mi pare me tenía prohibío que viera al Luiti, y nos teníamos que vé de escaqueo pa que no se enterara.
            -Ajá, ajá, ese punto ha quedado claro y ¿algún punto más de fricción entre ustedes? O sea, que si había algo más de lo que usté hacía que enfadase a su padre.
            -Omeeee, ya te digo que era un rallao, que le molestaba to y que nada le parecía bien. Cada vez que llegaba a casa más tarde de las cuatro de la madrugá me echaba la bulla, cada vez que ponía reguetón o bricbi en casa, me echaba la bulla, cada vez que salía a la calle con las mallas ceñías, me echaba la bulla, cada vé que faltaba al insti, me echaba la bulla, cada vé que le pedía dinero, broncazo, cada vé que quería ver Gran Enano en la tele, broncazo, cada vé que me encontraba un paquete de tabaco en mi cuarto, broncazo, y la última y más gorda fue cuando me hice el tatu del tribal este tan guapo en el pie, que no vea la que me lió... pero era mi pare y yo le quería, joé.
            Amores imposibles… por poco menos que esto se han cometido crímenes inenarrables 

lunes, 23 de julio de 2012

Pescao Frito Un Crimen - Capítulo 5 - Trompezones y Quiñones

            -Se juntan cremita una a otra... jiji... tomo nota... ¿Y a qué hora dice que suele pasá eso más o menos?
            -Calle, Antoñete, calle -interrumpí con el ímpetu de un entrenador de fútbol-. No se deje usté llevar por sus impulsos, que estamos en un interrogatorio serio. Además, el profesional aquí soy yo.
            -Ya, ya, pero como usté dice que hay que dejarse llevar por el instinto... pues eso he hecho- dijo mi ayudante con una pícara sonrisa.
            -¡Ya es suficientemente incómodo tenerle ahí detrás en la moto como para tener que soportar además sus tonterías! Sabe usted muy bien que me refiero a otro instinto, al detectivesco. Pero vamos a lo que vamos- dije dirigiéndome ya al atleta-. Hay un pequeño detalle que me interesa mucho: ¿cuándo descubrió usted que Catalino ya era cadáver? ¿Fue al tropezarse?
        -Qué va, qué va, lo descubrí a la vuelta, ya le digo que a la ida estaba muy distraído. Al trompezarme, me doblé el tobillo y caí hacia un lao, sobre ese señó; no me fijé en na, no dejé de quitar la mirada de… ya sabe y, para intentar disimular el pellejaso, intenté seguir como si tal cosa.
            -Ajá, así que entonces descubrió que el finado estaba finado en la carrera de vuelta, ¿cierto?- dije intentando dejar clara toda mi sagacidad.
            -La has clavao, a la vuelta le vi, me pareció que pasaba algo raro, me acerqué y ahí fue donde pegué el chillío al ver que el tío estaba más tieso que la mojama.
            -Comprendo, comprendo, y deduzco que usted no sabrá si estaba tieso, ejem, fallecido ya en su primer “encontronazo”, ¿verdad?
             -Asín es.
          -Claro, claro -dije-, en ese caso doy este interrogatorio por terminado. Muchas gracias por su colaboración. Antoñete, nos vamos. 




Dicho lo cual nos dirigimos con la Mobilette hacia el final de ese paseo tan coquetón, mientras el tal Lorenzo practicaba gimnasia sueca. Y antes de incorporarnos al tráfico rodado hice una breve parada para saludar a la estatua de mi amigo Fernando Quiñones, el único autor de libros no detectivescos que me gusta de verdad.
-Jefe, que digo yo que deberíamos- empezó a decir tímidamente mi ayudante. Él sabía, porque ya me había visto hacerlo mil veces, que mi saludo al maestro era sagrado, así que dejó la frase en el aire y me dejó continuar con mi solemne charla sin palabras con el monumento.
Un pavo que corre todos los días, pensaba yo para mis adentros, transmitiendo mis pensamientos íntimos a Don Fernando, como solía hacer cuando se me atascaba un caso, haga frío o haga caló. Que pasa to los días por el mismo sitio… que se queda embobao con las dos… con las cuatro… en fin, con los atributos de las dos turistas, que por lo visto suelen… ejem… presentar sus credenciales más o meno a la misma hora… un rastrillo en la arena… de su dueño tal vez olvidado… el pavo que se esguinza el tobillo y golpea accidentalmente al Catalino… no se da cuenta si por aquél entonces ya está pajarito o no… pero a la vuelta ve que tiene todo lo que viene a llamarse cara en el tapergüé de gazpacho… yo sé que hay una pieza ahí, Don Fernando, que es importante pero que todavía no veo… a lo mejor deberíamos seguir con el plan y…
-Jefe, que hay una, ejem, señorita aquí que quiere hablar con usted.
Salí de mi enmimismamiento y contemplé a la, ejem, señorita, que se había plantado entre nosotros. Se la veía cansada, como un chirigotero especialmente expresivo después de un popurrí. Sudaba profusamente y las aletillas de su nariz indicaban que se había dado prisa en encontrarnos. Deduje por sus ojeras que había pasado mala noche, pero qué persona de su edad no la habría pasado con las barbacoas del Carranza tan próximas aún. Sus ojos amoratados me indicaban que había llorado mucho y recientemente. ¿Una mala resaca quizá? Su indumentaria, moño alto, argollas tamaño pa colgar loros, su camiseta  con el ombligo al aire (pude vislumbrar un trozo de papel transparente de cocina asomando por el pantalón de su chándal… ¿métodos “infalibles” para perder tripa?)… todo ello me hizo etiquetarla en un solo vistazo como la típica joven a la última moda de estos extraños tiempos que corren.
-¿Es usté Chano?- dijo, recuperando el aliento.
-Detective gaditano, para servirla- sonreí-. ¿Y usted es?
-Soy Jessica Andrade, la Jessy… hija de Catalino. Tengo que hablá con usté.